La ciudad es algo más que un cúmulo de edificaciones. La ciudad es la gente que la transita y que ejerce en ella sus derechos ciudadanos. La ciudad es punto de encuentro y por lo tanto ámbito de comunicación. lugar de intercambio de sentidos sociales. Sin embargo, la ciudad corre el riesgo de convertirse en un laberinto, con minotauro incluido.
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lunes, 9 de julio de 2012
Para hablar de la ciudad soñada
Nueva tertulia urbana
¿Cuál es tu visión de nuestra ciudad? ¿Cuál es la ciudad que soñamos?
Para hablar de esto, el próximo miercoles se realizará una nueva tertulia urbana, en la ciudad de San José, a las 7 de la noche.
Tertulias urbanas es un espacio de pensamiento y reflexión que permite descubrir la Ciudad con su dinámica, su problemática y sus aspiraciones, abarcando todos los aspectos que la caracterizan.
Especialistas, profesionales, políticos, intelectuales, estudiantes y ciudadanos confrontarán ideas, experiencias y comentarios sobre los diversos temas
Fecha: Miércoles 18 de julio
Hora: 6:45 pm
Lugar: Casa 927, Bo. Amón (Calle 3, Av.11)
Reservar a: terturbanas@gmail.com
jueves, 1 de marzo de 2012
Las ciudades no están satisfaciendo las necesidades de los niños, advierte UNICEF
NUEVA YORK, 28 de febrero de 2012 – El proceso de urbanización excluye de los servicios vitales a cientos de millones de niños y niñas en las ciudades y los pueblos, advierte UNICEF en su informe Estado Mundial de la Infancia 2012: Las niñas y los niños en un mundo urbano.
Una mayor urbanización es inevitable. Según el informe, dentro de pocos años, la mayoría de los niños crecerán en ciudades grandes y pequeñas, y no en las zonas rurales. El 60% del aumento en la población urbana corresponde a niños y niñas que nacieron en las ciudades.
“Cuando pensamos en la pobreza, la imagen que viene a nuestras mentes suele ser la de un niño en una aldea rural”, dijo el Director Ejecutivo de UNICEF, Anthony Lake. “Pero hoy en día, un número cada vez mayor de niños y niñas que viven en tugurios y barrios marginales se cuentan entre los más vulnerables y desfavorecidos del mundo; en efecto, no tienen acceso a los servicios más básicos ni gozan del derecho a prosperar”.
“La exclusión que sufren los niños de los asentamientos precarios no solo les deniega la oportunidad de desarrollar plenamente su potencial; también priva a sus sociedades de los beneficios económicos que supone una población urbana saludable y bien educada”, agregó Lake.
En todo el mundo, las ciudades permiten que muchos niños disfruten de las ventajas de las escuelas, los terrenos de juego y las clínicas del medio urbano. Sin embargo, esas mismas ciudades también son escenario de algunas de las mayores inequidades en materia de salud, educación y oportunidades para la infancia.
En numerosas regiones, la infraestructura y los servicios no guardan proporción con el crecimiento urbano, y no satisfacen las necesidades básicas de los niños. Las familias que viven en condiciones de pobreza a menudo pagan más por servicios de inferior calidad. Por ejemplo, el agua puede costar 50 veces más en los vecindarios pobres donde los residentes se ven obligados a comprarla a proveedores privados, que en los vecindarios más ricos, donde los hogares están conectados directamente a las tuberías maestras.
Las privaciones que afrontan los niños y las niñas en las comunidades urbanas pobres con frecuencia quedan ocultas por los promedios estadísticos que no distinguen entre los residentes ricos y los residentes pobres de las ciudades. Cuando promedios como estos se utilizan en la formulación de políticas urbanas y en la asignación de recursos, las necesidades de los más pobres pueden pasarse por alto.
Hacer que las ciudades sean apropiadas para los niños y las niñas.
Fuente: UNICEF
VER RESUMEN EJECUTIVO DEL INFORME
Una mayor urbanización es inevitable. Según el informe, dentro de pocos años, la mayoría de los niños crecerán en ciudades grandes y pequeñas, y no en las zonas rurales. El 60% del aumento en la población urbana corresponde a niños y niñas que nacieron en las ciudades.
“Cuando pensamos en la pobreza, la imagen que viene a nuestras mentes suele ser la de un niño en una aldea rural”, dijo el Director Ejecutivo de UNICEF, Anthony Lake. “Pero hoy en día, un número cada vez mayor de niños y niñas que viven en tugurios y barrios marginales se cuentan entre los más vulnerables y desfavorecidos del mundo; en efecto, no tienen acceso a los servicios más básicos ni gozan del derecho a prosperar”.
“La exclusión que sufren los niños de los asentamientos precarios no solo les deniega la oportunidad de desarrollar plenamente su potencial; también priva a sus sociedades de los beneficios económicos que supone una población urbana saludable y bien educada”, agregó Lake.
En todo el mundo, las ciudades permiten que muchos niños disfruten de las ventajas de las escuelas, los terrenos de juego y las clínicas del medio urbano. Sin embargo, esas mismas ciudades también son escenario de algunas de las mayores inequidades en materia de salud, educación y oportunidades para la infancia.
En numerosas regiones, la infraestructura y los servicios no guardan proporción con el crecimiento urbano, y no satisfacen las necesidades básicas de los niños. Las familias que viven en condiciones de pobreza a menudo pagan más por servicios de inferior calidad. Por ejemplo, el agua puede costar 50 veces más en los vecindarios pobres donde los residentes se ven obligados a comprarla a proveedores privados, que en los vecindarios más ricos, donde los hogares están conectados directamente a las tuberías maestras.
Las privaciones que afrontan los niños y las niñas en las comunidades urbanas pobres con frecuencia quedan ocultas por los promedios estadísticos que no distinguen entre los residentes ricos y los residentes pobres de las ciudades. Cuando promedios como estos se utilizan en la formulación de políticas urbanas y en la asignación de recursos, las necesidades de los más pobres pueden pasarse por alto.
Hacer que las ciudades sean apropiadas para los niños y las niñas.
Fuente: UNICEF
VER RESUMEN EJECUTIVO DEL INFORME
martes, 24 de enero de 2012
La ciudad en las letras de Carmen Naranjo
Para conocer las ciudades y su transcurrir muchas veces no es necesario acudir a los libros de historia y de geografía sino a la literatura. Y si esto aplica para Centroamérica, vale la pena, hoy referirse a la recién fallecida escritora costarricense Carmen Naranjo. La escritora de ruptura que incorporó el tema de la ciudad a la literatura de su país.
Sus escritos marcaron una etapa al introducir la temática urbana en la literatura costarricense. Su obra clave en este sentido es “Los perros no ladraron” que refiere un día en la vida de un burócrata que se enfrenta, con gran impotencia, a una ciudad inhóspita y desprovista de humanidad.
En el abordaje de la ciudad, Carmen Naranjo también trascendió las fronteras y se metio en New York, la “ciudad de espejos y cristales“, con su cuento “En todas partes se puede”. “Esa desgraciada ciudad sólo la disfrutaban los ricos, bien ricos, porque el más pequeño pedazo de pan valía más de un dólar y eso era un hueval de pesos en su moneda natal, cada vez menos significante en el mundo de la compra y cada vez más oportuna en el de la venta”
Las obras de Naranjo tienen como centro o como contexto una realidad donde se asoma la deshumanización y la marginalidad, la violencia en las calles, entre otras cosas del entorno ubano.
Sus escritos marcaron una etapa al introducir la temática urbana en la literatura costarricense. Su obra clave en este sentido es “Los perros no ladraron” que refiere un día en la vida de un burócrata que se enfrenta, con gran impotencia, a una ciudad inhóspita y desprovista de humanidad.
En el abordaje de la ciudad, Carmen Naranjo también trascendió las fronteras y se metio en New York, la “ciudad de espejos y cristales“, con su cuento “En todas partes se puede”. “Esa desgraciada ciudad sólo la disfrutaban los ricos, bien ricos, porque el más pequeño pedazo de pan valía más de un dólar y eso era un hueval de pesos en su moneda natal, cada vez menos significante en el mundo de la compra y cada vez más oportuna en el de la venta”
Las obras de Naranjo tienen como centro o como contexto una realidad donde se asoma la deshumanización y la marginalidad, la violencia en las calles, entre otras cosas del entorno ubano.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Una ciudad que construye comunidad: el baño público
(Cuarto extracto del texto de Jaramillo)
Nunca es bueno poner todos los huevos en una sola canasta, pero a pesar de que es una verdad de Perogrullo que aprendimos de la abuela y de la tía Rosita, parece que nunca la asimilamos y cada día concentramos más la apuesta comunicativa de manera casi obsesiva en las nuevas tecnologías y particularmente en Internet.
Soy el primero en afirmar que es una dinámica de la cual no podemos sustraernos y cuya potencia que apenas intuimos ha partido en dos la historia de la humanidad, sin embargo me pregunto si no estamos "soltando demasiado rápido la liana sin haber agarrado la otra", es decir, si por la apuesta tecnológica que aún no está medianamente resuelta estamos descuidando otras alternativas comunicativas que construyen comunidad.
Cada día me sorprendo más por la ansiedad obsesiva y casi neurótica de las empresas e instituciones que asesoro por descartar cualquiera otra opción diferente a hacer páginas web y dentro de ellas micrositios de todos los tamaños, colores y pelambres. Un alucinado, atiborrado y caótico espejismo virtual de interlocución con navegantes que según los indicadores más optimistas realizan visitas de minutos y que se mueven a la velocidad del rayo de uno a otro link, cabalgando ferozmente buscadores que les permiten echar ojeadas siguiéndole la pista a una palabra o a una necesidad sin importarles por donde pasan o a donde llegan. No conozco un indicador más iluso y poco elocuente que el contador de visitantes de un web site.
El consumo en aumento de estos medios no es garantía de densidad comunicativa. Ellos también pueden tener un efecto perverso que termina siendo factor de incomunicación. Un millón de solitarios soldados a los titulares de prensa en sus pantallas no hacen una comunidad que se reconoce, se ordena y tiene una opinión. De hecho, una de las grandes preguntas que tendremos que responder en un futuro no muy lejano, es cómo vamos a rescatar al ser humano de su celda de pantallas, audífonos, textos abreviados y comprimidos hasta exprimir tanto el jugo de su sentido que parecen pura cáscara con la mera apariencia de la fruta, marcas, códigos, lenguaje cifrado, automatización y anquilosamiento de nuestras facultades naturales para la interacción y el relacionamiento.
El hombre que empezamos a vislumbrar es onanista, se autosatisface en lo intelectual, lo emocional y lo lúdico. Conectado a la tecnología es solitario hasta en el sexo, se complace sin necesidad de una compañía real y física. La ciudad tiene que pensar y decidir de qué lado está; si refuerza y promueve este mundo de androides conectados a su entorno tecnológico autosuficiente, o si, aceptando que la sofisticación del entorno tecnológico es una dinámica necesaria e indetenible de la civilización que nos inventamos, asume la responsabilidad de contribuir al equilibrio y de intentar, en lo colectivo, promover otros escenarios a donde puedan llegar personas en busca de descanso de tanta autosatisfacción tecnológica para interactuar y encontrarse con otras personas.
Algo así como la playa o el baño público donde nos despojamos de tanta parafernalia y estrés y volvemos a ser los mismos de todas las épocas y todas las culturas, retozando felices y en grupo en el agua.
Nunca es bueno poner todos los huevos en una sola canasta, pero a pesar de que es una verdad de Perogrullo que aprendimos de la abuela y de la tía Rosita, parece que nunca la asimilamos y cada día concentramos más la apuesta comunicativa de manera casi obsesiva en las nuevas tecnologías y particularmente en Internet.
Soy el primero en afirmar que es una dinámica de la cual no podemos sustraernos y cuya potencia que apenas intuimos ha partido en dos la historia de la humanidad, sin embargo me pregunto si no estamos "soltando demasiado rápido la liana sin haber agarrado la otra", es decir, si por la apuesta tecnológica que aún no está medianamente resuelta estamos descuidando otras alternativas comunicativas que construyen comunidad.
Cada día me sorprendo más por la ansiedad obsesiva y casi neurótica de las empresas e instituciones que asesoro por descartar cualquiera otra opción diferente a hacer páginas web y dentro de ellas micrositios de todos los tamaños, colores y pelambres. Un alucinado, atiborrado y caótico espejismo virtual de interlocución con navegantes que según los indicadores más optimistas realizan visitas de minutos y que se mueven a la velocidad del rayo de uno a otro link, cabalgando ferozmente buscadores que les permiten echar ojeadas siguiéndole la pista a una palabra o a una necesidad sin importarles por donde pasan o a donde llegan. No conozco un indicador más iluso y poco elocuente que el contador de visitantes de un web site.
El consumo en aumento de estos medios no es garantía de densidad comunicativa. Ellos también pueden tener un efecto perverso que termina siendo factor de incomunicación. Un millón de solitarios soldados a los titulares de prensa en sus pantallas no hacen una comunidad que se reconoce, se ordena y tiene una opinión. De hecho, una de las grandes preguntas que tendremos que responder en un futuro no muy lejano, es cómo vamos a rescatar al ser humano de su celda de pantallas, audífonos, textos abreviados y comprimidos hasta exprimir tanto el jugo de su sentido que parecen pura cáscara con la mera apariencia de la fruta, marcas, códigos, lenguaje cifrado, automatización y anquilosamiento de nuestras facultades naturales para la interacción y el relacionamiento.
El hombre que empezamos a vislumbrar es onanista, se autosatisface en lo intelectual, lo emocional y lo lúdico. Conectado a la tecnología es solitario hasta en el sexo, se complace sin necesidad de una compañía real y física. La ciudad tiene que pensar y decidir de qué lado está; si refuerza y promueve este mundo de androides conectados a su entorno tecnológico autosuficiente, o si, aceptando que la sofisticación del entorno tecnológico es una dinámica necesaria e indetenible de la civilización que nos inventamos, asume la responsabilidad de contribuir al equilibrio y de intentar, en lo colectivo, promover otros escenarios a donde puedan llegar personas en busca de descanso de tanta autosatisfacción tecnológica para interactuar y encontrarse con otras personas.
Algo así como la playa o el baño público donde nos despojamos de tanta parafernalia y estrés y volvemos a ser los mismos de todas las épocas y todas las culturas, retozando felices y en grupo en el agua.
Una ciudad incluyente
(tercer extracto del texto de Jaramillo)
La comunicación pública habla de la lucha del sujeto por integrarse al colectivo, por hacer válidos para otros sujetos sus temas e intereses. Lo contrario a una ciudad comunicada es una ciudad excluyente, estratificada hasta el extremo del ghetto, tal vez la que con gran sentido de ironía y crudeza poética describe el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en "Angosta", con su dibujo implacable de "los dones en Tierra Fría, los segundones en Tierra Templada y los tercerones en la tórrida Boca del Infierno" (4).
La cuestión es que esa ciudad de ficción cercada y escindida milimétrica y fríamente por voluntad de un poder invisible, no se distancia mucho del trazado violento de diferencias y distancias que hacen de nuestras ciudades un reino de territorios en ocasiones irreconciliables y en general incomunicados. No es causal ni inocente, por ejemplo, que los comerciantes del encopetado y exclusivo parque de la 93 en Bogotá hayan decidido ponerle freno a su entusiasmo de decoración navideña y dejaran de hacerla, porque fue tal la avalancha de gente de «los otros estratos» proveniente de todos los confines de la ciudad ansiosa de conocer y disfrutar el parque "de los ricos" que empezaron a afectarse las ventas y a desanimarse los habituales, para nada interesados en darse una democrática pero poco cómoda y para ellos antiestética «ducha de pueblo».
¿Cómo conversan y se relacionan los niveles más pobres con los de clase media y ambos con los estratos más altos, si es que es posible entre todos ellos alguna conversación? En buena medida es la pregunta que debe responder un espacio público pensado para construir referentes comunes y hacer posibles encuentros en medio de la diversidad y la diferencia, porque la realidad es que muy en el fondo de nuestros corazones sentimos que tenemos derecho a la ciudad solamente en la medida y proporción de la microciudad que habitamos.
La estratificación no es un invento sino una realidad, las desigualdades y desniveles están ahí, pero la ciudad puede intentar construir escenarios y espacios para que esa realidad no se convierta en factor de exclusión. Creo sinceramente que una política pública de desarrollo cultural tiene el deber y la obligación de plantearse el problema y de asumir la noción de "ciudad incluyente" como uno de sus lineamientos no negociables.
La comunicación pública habla de la lucha del sujeto por integrarse al colectivo, por hacer válidos para otros sujetos sus temas e intereses. Lo contrario a una ciudad comunicada es una ciudad excluyente, estratificada hasta el extremo del ghetto, tal vez la que con gran sentido de ironía y crudeza poética describe el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en "Angosta", con su dibujo implacable de "los dones en Tierra Fría, los segundones en Tierra Templada y los tercerones en la tórrida Boca del Infierno" (4).
La cuestión es que esa ciudad de ficción cercada y escindida milimétrica y fríamente por voluntad de un poder invisible, no se distancia mucho del trazado violento de diferencias y distancias que hacen de nuestras ciudades un reino de territorios en ocasiones irreconciliables y en general incomunicados. No es causal ni inocente, por ejemplo, que los comerciantes del encopetado y exclusivo parque de la 93 en Bogotá hayan decidido ponerle freno a su entusiasmo de decoración navideña y dejaran de hacerla, porque fue tal la avalancha de gente de «los otros estratos» proveniente de todos los confines de la ciudad ansiosa de conocer y disfrutar el parque "de los ricos" que empezaron a afectarse las ventas y a desanimarse los habituales, para nada interesados en darse una democrática pero poco cómoda y para ellos antiestética «ducha de pueblo».
¿Cómo conversan y se relacionan los niveles más pobres con los de clase media y ambos con los estratos más altos, si es que es posible entre todos ellos alguna conversación? En buena medida es la pregunta que debe responder un espacio público pensado para construir referentes comunes y hacer posibles encuentros en medio de la diversidad y la diferencia, porque la realidad es que muy en el fondo de nuestros corazones sentimos que tenemos derecho a la ciudad solamente en la medida y proporción de la microciudad que habitamos.
La estratificación no es un invento sino una realidad, las desigualdades y desniveles están ahí, pero la ciudad puede intentar construir escenarios y espacios para que esa realidad no se convierta en factor de exclusión. Creo sinceramente que una política pública de desarrollo cultural tiene el deber y la obligación de plantearse el problema y de asumir la noción de "ciudad incluyente" como uno de sus lineamientos no negociables.
Una ciudad que conversa

(Segundo extracto del articulo de Jaramillo)
Una ciudad comunicada y comunicadora es una ciudad movilizada, una ciudad movilizada es una ciudad que conversa, que debate y construye acuerdos fundados en imaginarios de pertenencia y reconocimiento.
La construcción de sentido compartido solamente es posible en democracia, donde se puede disentir sin condenarse, donde todas las voces tienen un tiempo y un espacio para expresarse en los momentos trascendentes pero también en el día a día. Porque la movilización es producto de una actitud, de una cultura participativa que concurre en libertad, apasionada y públicamente a la construcción de lo público (Toro, 1990) y que se disciplina a sí misma para poner en juego los argumentos y los intereses, para concertar y asumir compromisos de manera corresponsable (Jaramillo 2006).
Esta cultura participativa se construye en el barrio, en torno al corrillo de amigos que conversan y deciden emprendimientos en forma consensuada y solidaria, en las reuniones de vecinos, en la resolución cotidiana de conflictos por la vía de la argumentación y la negociación, en la lectura del día a día que se comparte generosamente y en el valor social que se le da a la palabra.
Por eso es imperativo promover la oralidad en nuestras ciudades, porque ella es el entrenamiento básico del discurso participativo y, por la misma vía, de la interacción comunicativa. La ciudad debe propiciar lugares y espacios de conversación, tanto en la política, la academia, el arte y la cultura, como en el espacio público. Los bulevares y cafés donde se puede pasar la tarde después de la jornada de trabajo son tan importantes como las salas de conferencias o los teatros y auditorios. La idea de la conversación pareciera pertenecer, sin embargo, a un pasado nostálgico impensable en el acelerado mundo de hoy en el que las personas no encuentran la manera de hacerle trampa al tiempo para reunirse a conversar, o lo hacen aparentemente, monologando apenas o comunicándose a base de monosílabos porque el estruendo del entorno está pensado para oír y no hablar.
Afortunadamente los jóvenes exploran otras formas de encuentro cuyo impacto en la construcción de lo colectivo apenas empezamos a vislumbrar y cada vez más reclaman del espacio público la opción de acogerlos para estar juntos y conversar. Deberíamos aprender de su manera de enredarse instalados en sitios públicos que sin publicidad o marketing terminan convertidos en epicentros de confluencia y encuentro de convocatoria más eficiente que la de cualquier movilización institucional o mediática.
Creo que hacen falta más espacios y escenarios pensados desde la planificación de la ciudad y desde una política pública de desarrollo cultural para el encuentro y la conversación, más restaurantes y cafeterías al aire libre, más parques de barrio cálidos y amables, mayor complicidad del espacio y del entorno urbano para "charlar" y "arreglar el país".
La fabula de Momo es la fabula del robo del tiempo. Lo que vacía de sentido la vida de los hombres grises es que siempre están tan activos, siempre tan ocupados, que nunca tienen tiempo para ellos mismos. El ocio, el tiempo para mirarse y "matar el tiempo" es un principio de vuelta hacia sí mismo que ayuda a recuperar el sentido. Y sí lo es en el plano individual, con mayor razón en el plano colectivo.
A ello contribuyen múltiples factores en torno a los cuales debe ser pensada la ciudad, desde la movilidad que puede resolver el drama de las horas inactivas y neurotizantes en el transporte público, hasta el ordenamiento territorial que puede visualizar zonas y lugares pensados para el encuentro, la conversación y la administración enriquecedora del ocio. El estandarte de la gran Metrópoli es la productividad aún a costa del ser humano, la insignia de la ciudad comunicada y comunicadora es el ser humano en pleno ejercicio de su capacidad de ser feliz y productivo.
Cinco pistas para imaginar una ciudad
(Acerca de una política pública de desarrollo cultural)
Por: Juan Camilo Jaramillo
Que la ciudad, por su propia índole pública y colectiva es un lugar de comunicación, es una verdad axiomática y un asunto sobre el cual han reflexionado teóricos, intelectuales y artistas, con marcado énfasis en la segunda mitad del siglo pasado, motivados por el arrollador, caótico y desordenado pero siempre inquietante y provocador crecimiento de las grandes urbes.
La de la comunicación es una dimensión que abarca múltiples planos de la ciudad, que van desde su trazado físico y arquitectónico, hasta su infraestructura mediática tanto masiva y comercial como comunitaria, la diversidad y complejidad de actores que participan de su esfera pública, la robustez o debilidad de sus contra públicos (Frazer, 1997), la densidad o dispersión de su tejido social y sus redes o la forma de actuación y de manejo de la información de sus instituciones públicas y privadas.
Las múltiples instancias que hacen la vida cotidiana en la ciudad mantienen un animado e incesante intercambio de símbolos, mensajes y contenidos, que hace parte de y a la vez interviene la cultura que la habita en su compleja retícula de estratos, niveles, grupos y tribus. Prácticamente todas las manifestaciones de la vida colectiva tienen su referente o su manifestación en expresiones comunicativas, la ciudad habla permanente a sus habitantes, a través de ellos y entre ellos, como lo hacen en el nivel masivo los interlocutores de la propaganda, el marketing, la publicidad y el discurso mediático.
El semiólogo colombiano Armando Silva, la visualiza como una "red simbólica en permanente construcción y expansión" (1996) y el arquitecto ecuatoriano Fernando Carrión, la entiende como un "foro de comunicación y usuarios" (1996), así que, sin ir más lejos, de lo que se trata es de explorar en qué se concreta esta íntima y profunda relación entre ciudad y comunicación y dónde habría que poner los énfasis de una política pública que le apunte a la construcción de visiones compartidas, a la consolidación de la inserción de la ciudad en un mundo globalizado, al fortalecimiento del talante democrático de los ciudadanos y al bienestar colectivo y el desarrollo con equidad.
1. Ciudad comunicada y comunicadora
Algo va, para empezar, del concepto "ciudad comunicada" que parece sugerir como hilo conductor de la relación la apuesta por la infraestructura, por supuesto no solamente tecnológica sino también relacional, dedicada a hacer posible que los múltiples actores puedan comunicarse entre sí y con otros interlocutores a través de estrategias como la ampliación de cobertura de la conectividad o el impulso a medios comunitarios, a la idea de una "ciudad comunicadora" que alude a la responsabilidad que le cabe a la ciudad, y por consiguiente a sus actores públicos y privados, de utilizar esa infraestructura para construir sentido de identidad y pertenencia, de interacción y participación, de ejercicio de derechos y disfrute pleno de la dimensión pública citadina, de responsabilidad frente al cumplimiento de deberes, de goce de la vida y crecimiento personal, en últimas, de disfrute de la ciudad y de ciudadanía activa.
Una ciudad comunicada está conectada, una ciudad comunicadora sabe para qué se conecta; una ciudad comunicada le apuesta a la información, una ciudad comunicadora convierte la información en comunicación.
La propuesta de una ciudad comunicada es funcional, la de una ciudad comunicadora sistémica y estructural; además de responder al desafío tecnológico, la ciudad comunicadora asume un papel activo, se reta a sí misma y entiende su responsabilidad de emprender acciones concretas y concertadas entre todos los sectores, público, privado y de la sociedad organizada, encaminadas a crear contextos pedagógicos y comunicativos, busca favorecer interacciones articuladoras de sentido entre sectores e individuos, no deja la consolidación de imaginarios colectivos al azar sino que interviene para proponer los que considera más enriquecedores, favorece la interacción comunicativa de grupos, tribus, voces alternativas y conversa con ellas, entiende la comunicación como un bien público que le compete y actúa en coherencia con esta convicción.
Si la pedagogía ciudadana reclama una ciudad educadora (1) que se asuma como paideia donde se conjugan todas las formas de educación formal y no formal, pues como afirma el comunicador Jahir Rodríguez (2001): "La ciudad no es sólo un fenómeno urbanístico; está constituida por las sinergias que se producen entre las instituciones y los espacios culturales, que nos brindan la posibilidad de aprender en la ciudad; entre la producción de mensajes y significados y que nos permiten, al propio tiempo, aprender de la ciudad y, también, de su pasado y su presente, muchas veces desconocido" (2), la comunicación pública demanda una ciudad comunicadora que movilice y construya sentidos que fortalezcan la conciencia de lo público y enriquezcan la vida cotidiana.
Y cuando hablamos de comunicación pública, por supuesto, no estamos hablando particularmente de la que se establece entre gobierno y sociedad, la que construye agenda pública desde los medios, la que se hace desde la política, la que protagonizan los movimientos sociales o la que practican las entidades del sector público, sino de todas ellas articuladas en su común condición de interpelar sujetos colectivos y no obedecer únicamente a interacciones interpersonales, transcurrir en la esfera pública y estar comprometidas con lo que le conviene a todos de la misma manera para la dignidad de todos (Toro, 1990).
Hace unos años, en un trabajo sobre la comunicación en las entidades del sector público, en compañía del comunicador Omar Rincón y otros especialistas, llegamos a la conclusión de que: "el concepto de comunicación pública actualiza, en síntesis, la lucha de los sujetos por intervenir en la vida colectiva y en el devenir de los procesos políticos concernientes a la convivencia con "el otro" y por participar en la esfera pública, concebida ésta como el lugar de convergencia de las distintas voces presentes en la sociedad. En este sentido (decíamos), la comunicación pública denota la intrincada red de transacciones informacionales, expresivas y solidarias que ocurren en la esfera pública o el espacio público de cualquier sociedad (McQuail, 1998)" (3).
La definición me parece especialmente útil ahora, para entender que cuando hablamos de ciudad comunicada y comunicadora nos referimos a una ciudad que reconoce la validez de esa lucha de las personas por intervenir y participar en la vida colectiva y por poner a circular su propios sentidos y encontrar una forma de convivir con "el otro" y orienta su trazado y se organiza para que ello pueda suceder en condiciones de igualdad e inclusión.
A la ciudad le corresponde crear las condiciones, facilitar los procesos, constituir un entorno comunicativo que propicie y beneficie interacciones cargadas de sentido del individuo con su entorno inmediato y con el conglomerado al cual pertenece y en el cual transcurre su experiencia vital.
Por eso creo que debemos apostarle a ambos conceptos: una ciudad comunicada que sea a la vez ciudad comunicadora. Comunicada porque democratiza la infraestructura conectada con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, porque impulsa y protege expresiones y manifestaciones comunicativas de vocación comunitaria, popular y alternativa al tiempo que fortalece los medios de comunicación públicos y ofrece condiciones confiables para la iniciativa privada generadora de medios masivos competitivos y de calidad, porque abre sus puertas a la cultura y el arte y porque promueve el deporte y las expresiones comunicativas de sus habitantes. Y comunicadora porque busca movilizar, fortalecer imaginarios colectivos proactivos y dignificantes, facilitar la interacción y el encuentro entre las personas, construir identidad desde la estética y la cultura y convertirse en un lugar donde la gente quiera vivir y pueda ser feliz.
Por: Juan Camilo Jaramillo
Que la ciudad, por su propia índole pública y colectiva es un lugar de comunicación, es una verdad axiomática y un asunto sobre el cual han reflexionado teóricos, intelectuales y artistas, con marcado énfasis en la segunda mitad del siglo pasado, motivados por el arrollador, caótico y desordenado pero siempre inquietante y provocador crecimiento de las grandes urbes.
La de la comunicación es una dimensión que abarca múltiples planos de la ciudad, que van desde su trazado físico y arquitectónico, hasta su infraestructura mediática tanto masiva y comercial como comunitaria, la diversidad y complejidad de actores que participan de su esfera pública, la robustez o debilidad de sus contra públicos (Frazer, 1997), la densidad o dispersión de su tejido social y sus redes o la forma de actuación y de manejo de la información de sus instituciones públicas y privadas.
Las múltiples instancias que hacen la vida cotidiana en la ciudad mantienen un animado e incesante intercambio de símbolos, mensajes y contenidos, que hace parte de y a la vez interviene la cultura que la habita en su compleja retícula de estratos, niveles, grupos y tribus. Prácticamente todas las manifestaciones de la vida colectiva tienen su referente o su manifestación en expresiones comunicativas, la ciudad habla permanente a sus habitantes, a través de ellos y entre ellos, como lo hacen en el nivel masivo los interlocutores de la propaganda, el marketing, la publicidad y el discurso mediático.
El semiólogo colombiano Armando Silva, la visualiza como una "red simbólica en permanente construcción y expansión" (1996) y el arquitecto ecuatoriano Fernando Carrión, la entiende como un "foro de comunicación y usuarios" (1996), así que, sin ir más lejos, de lo que se trata es de explorar en qué se concreta esta íntima y profunda relación entre ciudad y comunicación y dónde habría que poner los énfasis de una política pública que le apunte a la construcción de visiones compartidas, a la consolidación de la inserción de la ciudad en un mundo globalizado, al fortalecimiento del talante democrático de los ciudadanos y al bienestar colectivo y el desarrollo con equidad.
1. Ciudad comunicada y comunicadora
Algo va, para empezar, del concepto "ciudad comunicada" que parece sugerir como hilo conductor de la relación la apuesta por la infraestructura, por supuesto no solamente tecnológica sino también relacional, dedicada a hacer posible que los múltiples actores puedan comunicarse entre sí y con otros interlocutores a través de estrategias como la ampliación de cobertura de la conectividad o el impulso a medios comunitarios, a la idea de una "ciudad comunicadora" que alude a la responsabilidad que le cabe a la ciudad, y por consiguiente a sus actores públicos y privados, de utilizar esa infraestructura para construir sentido de identidad y pertenencia, de interacción y participación, de ejercicio de derechos y disfrute pleno de la dimensión pública citadina, de responsabilidad frente al cumplimiento de deberes, de goce de la vida y crecimiento personal, en últimas, de disfrute de la ciudad y de ciudadanía activa.
Una ciudad comunicada está conectada, una ciudad comunicadora sabe para qué se conecta; una ciudad comunicada le apuesta a la información, una ciudad comunicadora convierte la información en comunicación.
La propuesta de una ciudad comunicada es funcional, la de una ciudad comunicadora sistémica y estructural; además de responder al desafío tecnológico, la ciudad comunicadora asume un papel activo, se reta a sí misma y entiende su responsabilidad de emprender acciones concretas y concertadas entre todos los sectores, público, privado y de la sociedad organizada, encaminadas a crear contextos pedagógicos y comunicativos, busca favorecer interacciones articuladoras de sentido entre sectores e individuos, no deja la consolidación de imaginarios colectivos al azar sino que interviene para proponer los que considera más enriquecedores, favorece la interacción comunicativa de grupos, tribus, voces alternativas y conversa con ellas, entiende la comunicación como un bien público que le compete y actúa en coherencia con esta convicción.
Si la pedagogía ciudadana reclama una ciudad educadora (1) que se asuma como paideia donde se conjugan todas las formas de educación formal y no formal, pues como afirma el comunicador Jahir Rodríguez (2001): "La ciudad no es sólo un fenómeno urbanístico; está constituida por las sinergias que se producen entre las instituciones y los espacios culturales, que nos brindan la posibilidad de aprender en la ciudad; entre la producción de mensajes y significados y que nos permiten, al propio tiempo, aprender de la ciudad y, también, de su pasado y su presente, muchas veces desconocido" (2), la comunicación pública demanda una ciudad comunicadora que movilice y construya sentidos que fortalezcan la conciencia de lo público y enriquezcan la vida cotidiana.
Y cuando hablamos de comunicación pública, por supuesto, no estamos hablando particularmente de la que se establece entre gobierno y sociedad, la que construye agenda pública desde los medios, la que se hace desde la política, la que protagonizan los movimientos sociales o la que practican las entidades del sector público, sino de todas ellas articuladas en su común condición de interpelar sujetos colectivos y no obedecer únicamente a interacciones interpersonales, transcurrir en la esfera pública y estar comprometidas con lo que le conviene a todos de la misma manera para la dignidad de todos (Toro, 1990).
Hace unos años, en un trabajo sobre la comunicación en las entidades del sector público, en compañía del comunicador Omar Rincón y otros especialistas, llegamos a la conclusión de que: "el concepto de comunicación pública actualiza, en síntesis, la lucha de los sujetos por intervenir en la vida colectiva y en el devenir de los procesos políticos concernientes a la convivencia con "el otro" y por participar en la esfera pública, concebida ésta como el lugar de convergencia de las distintas voces presentes en la sociedad. En este sentido (decíamos), la comunicación pública denota la intrincada red de transacciones informacionales, expresivas y solidarias que ocurren en la esfera pública o el espacio público de cualquier sociedad (McQuail, 1998)" (3).
La definición me parece especialmente útil ahora, para entender que cuando hablamos de ciudad comunicada y comunicadora nos referimos a una ciudad que reconoce la validez de esa lucha de las personas por intervenir y participar en la vida colectiva y por poner a circular su propios sentidos y encontrar una forma de convivir con "el otro" y orienta su trazado y se organiza para que ello pueda suceder en condiciones de igualdad e inclusión.
A la ciudad le corresponde crear las condiciones, facilitar los procesos, constituir un entorno comunicativo que propicie y beneficie interacciones cargadas de sentido del individuo con su entorno inmediato y con el conglomerado al cual pertenece y en el cual transcurre su experiencia vital.
Por eso creo que debemos apostarle a ambos conceptos: una ciudad comunicada que sea a la vez ciudad comunicadora. Comunicada porque democratiza la infraestructura conectada con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, porque impulsa y protege expresiones y manifestaciones comunicativas de vocación comunitaria, popular y alternativa al tiempo que fortalece los medios de comunicación públicos y ofrece condiciones confiables para la iniciativa privada generadora de medios masivos competitivos y de calidad, porque abre sus puertas a la cultura y el arte y porque promueve el deporte y las expresiones comunicativas de sus habitantes. Y comunicadora porque busca movilizar, fortalecer imaginarios colectivos proactivos y dignificantes, facilitar la interacción y el encuentro entre las personas, construir identidad desde la estética y la cultura y convertirse en un lugar donde la gente quiera vivir y pueda ser feliz.
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